Educación
Cómo hablar con las familias sobre el uso de IA
Cómo explicar a las familias qué IA se permite en las tareas, qué no es solo responsabilidad suya y qué datos del menor no deben compartirse nunca.
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Los mensajes que llegan a dirección suelen empezar igual: una familia pregunta si su hijo puede usar ChatGPT para los deberes, o cuenta que ya lo hace en casa y quiere saber si eso está bien. La pregunta llega casi siempre tarde, porque el alumnado usa estas herramientas fuera del aula con o sin criterio del centro, y las familias se quedan con dudas que nadie les ha resuelto todavía: si es hacer trampa, si es peligroso, si deberían prohibírselo en casa.
Ese silencio no es neutro. Si el centro no dice nada, cada familia decide sola con la información que tiene —a menudo un titular alarmista o la anécdota de otra madre o padre— y suele resolver mal: prohibiendo en casa lo que en clase se pide con normalidad, o dejando vía libre donde el centro sí tiene un criterio que todavía no ha llegado a comunicar. Esta guía plantea cómo abrir esa conversación con honestidad, sin prometer que la IA no supone ningún riesgo y sin alarmar más de lo necesario.
Por qué esta conversación ya no se puede aplazar
El alumnado no espera a que el centro decida nada: prueba las herramientas en casa, en el móvil, con o sin supervisión, mucho antes de que cualquier claustro se ponga de acuerdo sobre qué hacer con ellas. Cuando una familia pregunta, casi siempre es porque ya ha visto algo —una redacción resuelta en segundos, una respuesta que suena demasiado convincente— y quiere saber si eso es motivo de preocupación.
Si el centro tarda en responder, aparecen dos problemas a la vez. El primero es de confianza: una familia que pregunta y no obtiene respuesta clara asume que el centro no tiene criterio, aunque sí lo tenga y simplemente no se haya explicado todavía. El segundo es de coherencia: mientras no exista una comunicación común, cada tutor o tutora responde por su cuenta, y dos familias del mismo curso pueden recibir mensajes distintos sobre la misma pregunta. Eso es más difícil de sostener que cualquier respuesta honesta, incluida la de «todavía lo estamos decidiendo».
Lo que no es (solo) responsabilidad de la familia
Es tentador resolver la incomodidad trasladándosela entera a la familia: «que lo controlen en casa». No funciona por una razón sencilla: el uso que preocupa —copiar sin entender, compartir datos personales, confiar en una respuesta sin comprobarla— es exactamente el que el centro tiene que abordar en el diseño de las tareas, con criterio pedagógico, no solo con una norma doméstica.
Prohibir en casa una herramienta que en el aula se da por sentada, o pedir a la familia que vigile un uso que el centro no ha explicado, traslada un problema de diseño de las tareas a un terreno donde la familia no tiene ni la información ni el criterio para resolverlo. Lo que sí puede pedir el centro es coherencia: si en clase se explica qué se permite y por qué, la familia tiene algo con lo que sostener la misma conversación en casa. Sin eso, cada hogar improvisa su propia regla, y las reglas improvisadas rara vez se parecen entre sí.
Qué comunicar a las familias, sin inventar una política que no existe
No hace falta tener ya un documento cerrado para empezar a hablar. Lo que sí hace falta es explicar tres cosas con la misma honestidad con la que se explicaría cualquier otro criterio de evaluación:
- Qué se permite y qué no en las tareas, y por qué. No una lista exhaustiva de aplicaciones, sino el criterio de fondo: en qué partes de un trabajo se admite ayuda y en cuáles no, y qué se busca evaluar con esa distinción.
- Que el centro también da criterio, no solo pide honestidad. La familia necesita saber que la escuela no se limita a prohibir y esperar que se cumpla, sino que enseña a usar la herramienta con cabeza —o que va a hacerlo—, para que la prohibición en casa no sea la única barrera.
- Que esto va a seguir cambiando. Un mensaje que se presenta como definitivo genera más desconfianza cuando se actualiza un mes después que uno que ya avisa de que el criterio se revisará durante el curso.
Y una precaución de estilo tan importante como el contenido: nada de prometer que la IA «no tiene ningún riesgo para el aprendizaje», y nada de presentarla como una amenaza que hay que combatir. Ambos extremos son fáciles de escribir y ambos se desmienten solos en cuanto la familia habla con su hijo o hija cinco minutos.
El esqueleto de la comunicación, en cinco líneas
Con esto cabe una circular, el turno de la reunión de inicio de curso o el mensaje de la aplicación del centro. El orden importa: primero el hecho, después el criterio y solo al final lo que se pide a la familia.
- Qué está pasando. Una frase, sin dramatismo: el alumnado ya usa estas herramientas dentro y fuera del centro, y el centro prefiere dar criterio antes que hacer como que no existen.
- Qué se permite en las tareas. El criterio de fondo, con un ejemplo de una tarea donde se admite ayuda y otra donde no. No una lista de aplicaciones.
- Qué hace el centro con eso. Cómo se le explica al alumnado y qué se evalúa cuando la ayuda está permitida, para que se vea que no es solo una norma.
- Qué se pide a la familia. Una sola cosa comprobable —preguntar qué ha hecho con la herramienta y por qué—, no vigilancia.
- Qué falta por decidir y cuándo se revisa. Con una fecha aproximada y a quién dirigirse mientras tanto.
Si lo que frena es redactarlo, los prompts 7 y 8 de la biblioteca de prompts para profesores están escritos para esto: preparar una reunión con una familia separando hechos de interpretaciones, y sacar la misma información en circular, mensaje corto y guion hablado sin que las tres versiones se contradigan.
Las preguntas que van a hacer, y cómo responderlas
Tres preguntas se repiten en casi cualquier reunión de familias sobre este asunto, y conviene tener preparada una respuesta honesta para las tres.
¿Es hacer trampa que la use? Depende de la tarea, no de la herramienta. Si el centro ha explicado qué se admite en cada trabajo, usarla dentro de esos límites no es tramposo; usarla fuera de ellos sí lo es, igual que copiar de un libro cuando el enunciado pedía redacción propia. La respuesta útil no es «sí» o «no», sino remitir al criterio de la tarea concreta.
¿Es peligrosa para mi hijo o hija? La respuesta honesta tiene matices: no es una herramienta sin riesgos, pero tampoco uno que justifique prohibirla sin más. Los riesgos reales —depender de ella para no pensar, compartir datos personales, confiar en respuestas sin comprobarlas— son concretos y se pueden explicar sin dramatizar. Prometer que «no pasa nada» es tan poco honesto como sugerir que «puede pasar cualquier cosa».
¿Deberíamos prohibírsela en casa? Prohibir en casa lo que en clase se usa con normalidad genera más confusión que criterio, y es difícil de sostener en la práctica: la herramienta está a un clic en cualquier dispositivo. Lo que sí puede pedir el centro a la familia es una cosa concreta y verificable: que acompañe, que pregunte qué ha hecho con la herramienta y por qué, sin necesidad de vigilarla constantemente.
La protección de datos del menor: el punto que no puede faltar
Hay una parte de esta conversación que no admite matices: qué información sobre un menor no debe introducirse en una herramienta de IA. Nombres completos, fotografías, informes de seguimiento, datos de salud o de la situación familiar no deberían entrar en un chat, ni por parte del centro ni por parte del propio alumnado escribiendo sobre sí mismo o sobre un compañero.
La Ley Orgánica 3/2018 de protección de datos y garantía de los derechos digitales establece en su artículo 7 que el tratamiento de los datos de un menor solo puede fundarse en su propio consentimiento «cuando sea mayor de catorce años»; por debajo de esa edad hace falta el de quien ejerza la patria potestad o la tutela. Es un argumento útil para la propia comunicación a las familias: no es solo una norma de sentido común del centro, es lo que exige la ley cuando se trata de datos de un hijo o hija menor de esa edad.
La Agencia Española de Protección de Datos publica además una guía para centros educativos que resuelve buena parte de las dudas que surgen al preparar esta comunicación: imágenes, plataformas, qué se puede compartir con las familias y cómo. Y si la conversación deriva hacia cómo se evalúan los trabajos hechos con ayuda de IA, en cómo evaluar cuando el alumnado usa IA hay una escala de niveles de uso y un procedimiento pensados para responder a esa pregunta con un criterio ya escrito, no improvisado en la propia reunión.
De la charla puntual al criterio compartido
Nada de esto se sostiene si cada tutor o tutora responde a las familias con su propio criterio. La vía corta es que el claustro llegue a esta conversación con una posición común, y eso es precisamente lo que se trabaja en la formación en IA para docentes: el rediseño de tareas y los acuerdos de centro se hacen con las unidades didácticas reales, y de ahí sale también lo que se puede comunicar después a las familias sin improvisar.
La otra mitad, la que da contenido real a lo que se le explica a las familias, es el trabajo directo con el alumnado: los talleres de IA para institutos muestran cómo se equivoca la herramienta y qué datos no deben compartirse, con ejercicios que el alumnado puede contar en casa esa misma tarde.
Si el centro quiere preparar esta comunicación antes de la próxima reunión de familias, reserva media hora con el material delante.
Preguntas frecuentes
¿Debe el centro prohibir el uso de IA en casa?
No es lo que mejor funciona. Prohibir en casa una herramienta que en clase se da por sentada genera confusión y es difícil de sostener en la práctica, porque está a un clic en cualquier dispositivo. Lo que sí puede pedir el centro a las familias es acompañamiento: preguntar qué se ha hecho con la herramienta y por qué, no vigilancia constante.
¿Necesitamos el consentimiento de las familias para usar IA en clase?
Depende de qué se comparta. Si la actividad implica que el alumnado introduzca datos personales propios o de otras personas en una herramienta externa, hace falta un consentimiento informado acorde a la edad, según la Ley Orgánica 3/2018. Si el uso se limita a la herramienta proyectada por el docente, sin que el alumnado registre cuentas ni comparta datos, ese paso no es necesario. Ante la duda, conviene consultarlo con quien lleve la protección de datos del centro antes de generalizar la actividad a todo un curso.
¿Qué hacemos si una familia pide que se prohíba la IA en el aula?
Escuchar la preocupación y explicar el criterio que ya se aplica en las tareas es más útil que ceder a una prohibición puntual. Prohibirla porque una familia lo pide no cambia lo que el alumnado va a hacer con ella fuera del centro sin ese mismo criterio; lo que sostiene la conversación es mostrar qué se permite, qué no y por qué.
¿Hace falta un documento formal antes de hablar con las familias?
No para empezar. Sirve una comunicación breve —una circular, un apartado en la reunión de inicio de curso— que explique el criterio general y avise de que se revisará durante el curso. Un documento más detallado, si el centro lo necesita, puede prepararse después con calma; lo que no conviene es esperar a tenerlo cerrado para decir nada.